Clara, su Mundo y los demás.... ¡¡Segunda Aventura!!

Clara está muy asustada y mamá ha ido a dejar a Quim en su cuarto. Clara no para de taparse la boca con las manos; en su cabeza quiere que mamá vuelva pronto, aunque sabe que no se ha ido, que está a dos pasos. Decide sentarse en el suelo, que antes era lava, y coge a Camisón muy fuerte y le da un beso. Le arregla el pañuelo y le peina; también coge un cepillo pequeñito de un cajón y le peina la bola de pelo que tiene al final de la cola. Camisón es un león que papá le compró a Clara un día que fueron a visitar el zoo, cuando Quima aún no era Quim y Mamá, Papá y ella siempre iban cogidos de la mano a todas partes. Clara recuerda cómo su padre le explicó que los leones tienen unos dientes muy grandes y muy afilados, y que él, de pequeño, tuvo un collar con un diente de un león africano. Clara, al pensar en el pobre león sin un diente, se echó a llorar, pero entonces papá, que siempre ha sido muy sabio, le dijo que no era un diente de verdad, sino que era como los dientes del abuelo, que intentan ser de verdad, pero que eran de mentira, como un juego en el que todos están bien y a nadie se le hace daño. Entonces, recuerda Clara, Papá se agachó y cogió una flor y se la puso delante de la cara.

—Mira, hija, esto es otro diente de león, pero solo lo podemos tener en la mano cinco segundos porque después se vuela y se convierte en un pedacito de cielo. Venga, vamos a contar los dos juntos al revés… Cinco…Cuatro… Tres… Dos…Uno…

Papá sopló y la flor tan extraña que Clara no había visto nunca desapareció. La niña se tocó la cara porque pensaba que esta no se había convertido en cielo, sino en sus ojos, y se frotó fuertemente con las manos. Cuando volvió a mirar a su padre, allí estaba: un pequeño león como el que Clara acababa de ver en su paseo por el zoo, pero todo sería un juego.

—Cariño, los leones viven en África, pero con este podrás jugar siempre que quieras…

—¿Y cómo es que los que hemos visto estaban encerrados? —le preguntó.

Papá no supo qué responder, porque a veces las cosas del mundo no se pueden explicar con las palabras del mundo; se encogió de hombros y se rascó la cabeza, un poco triste. Por eso, Clara le abrazó, agarrándose a su pierna y no se dijeron nada más. Mamá llegó después, y les abrazó a los dos. Sacó del bolso un pañuelo pequeñito y se lo puso al león alrededor del cuello.

—Mira, es del camisón de la abuela; la tela es muy bonita. ¿Te gusta?

Clara fue durante todo el camino de regreso a casa con el leoncito en la mano, jugando de un lado a otro de la silla del coche. No paraba de repetir: —¡Camisón, camisón, camisón! ¡Tengo un león que se llama Camisón!

De pronto, mamá volvió a la habitación donde estaba Clara con una caja amarilla que le cabía en una sola mano. Parecía un cofre del tesoro; ya los había visto antes, en las películas de piratas, y cuando iban a visitar a aquella doctora que siempre que veía a Clara le pedía que abriese la boca, que quería ver cómo crecían sus dientes, si estaban alegres o no.

Mamá cogió muy seria a Clara y le dijo:

—Preciosa, tenemos una súper aventura. Voy a subir las persianas y vamos a buscar juntas el diente. ¡Será como una búsqueda del diente perdido!

Mamá besó a Clara en la mejilla; esta, a su vez, agarró a Camisón más fuerte y le dijo bajito lo que iban a hacer, porque, a veces, a Camisón le daba vergüenza hablar delante de Mamá. Antes de empezar, ponen música en la radio. El sol empieza a inundar toda la habitación.

Sobre el texto Copyright Andrea Toribio. Primera Marca Marketing y Comunicación SL. Todos los derechos reservados.
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